Anxiety Queen

Mi primer ataque de ansiedad lo tuve cuando tenía 15 años, recién cumplidos. Estaba en el colegio, por ley natural de la vida. Imaginémonos el escenario: última hora de clase de un viernes, cátedra de español (si no estoy mal), teníamos un examen de algo, qué se yo (cabe aclarar, lector invisible, que nunca fui buena en el colegio, así que para mi este exámen no implicaba absolutamente nada), y yo ahí, la tipa más bulleada de la clase y del colegio entero, sentada, esperando no al exámen, sino  a salir de ese claustro que cada vez más se convertía en mi peor pesadilla.

Lo que recuerdo de aquél momento está muy grisáceo en mi cabeza. Solo sé que ese viernes, no era un viernes cualquiera. Ese viernes iba a agarrar una cámara por primera vez, una pequeña Sony digital gris que me habían prestado, y estaba muy feliz porque por fin iba a poder salir a tomar fotos, a retratar personas, edificios, calles. Sé que puede parecer muy estúpido, pero yo estaba feliz, de alguna u otra manera, ese iba a ser mi escape de fin de semana... Así, el arte, siempre salvándome.

Corría el año 2007, y el auge de las primeras redes sociales estaba viento en popa, en aquella época Metroflog y Fotolog eran los reinos digitales para los creativos, los pertenecientes a las subculturas urbanas, los wannabes y los solitarios ... y para mi era la vida entera. Allí, en la virtualidad, imponía mi estilo, escribía poesía (para no morir), tenía amigos, hacía conocidos, y todos los días como mérito sagrado subía una fotografía. Estaba casi obsesionada con estas plataformas de mal diseño y de intuitivo uso, así que cuando se me acabaron las fotografías para subir, no tuve más remedio que pedir una cámara prestada para llenar mi portafolio de imágenes medianamente editadas y sobresaturadas. Después de mucho insistir, y de inventar miles de cosas para que me la prestaran, la tenía en mis manos aquél viernes en la tarde. La ansiedad surgió desde la mente y desde el corazón, desde la mente porque craneaba cada imágen, cada fotograma, cada filtro editor que iba a utilizar; y desde el corazón, porque en aquél momento, aquello, aqullo tan estúpido y frívolo era lo único que me movía.

Así que entre miles de imágenes que pasaban por mi cabeza y un millón de ideas creativas que tenía en mi cuerpo, comencé a respirar cada vez más rápido, mi garganta se anudó y mi corazón se comenzó a acelerar. En ese momento dejó de existir la hoja sobre la mesa (el exámen), y comencé a concentrarme única y exclusivamente en los movimientos que estaba haciendo mi rostro de manera involuntaria. Nunca me había ocurrido nada parecido, mi boca se movía como si quisiera desencajarse, tenía movimientos en mi mandíbula y en mi mentón, casi como si esas partes del cuerpo tomaran vida propia, comencé, cual Guasón, a tener una sonrisa infinita, macabra, objeto de más bullying. Mi rostro se paralizó, así no más, después de estar por más de diez minutos tratando de controlar aquella sonrisa burlona que no desaparecía. Y sí, imaginémonos el escenario número dos: Yo, ahí sentada, desesperada, asustada, con un miedo terible, las manos mojadas de sudor, el corazón a punto de un infarto, y como cereza en el pastel, mi cara paralizada con una sonrisa tan tétrica que parecía sacada de un cuento de terror. No podía hablar, mi lengua no podía moverse, mis labios no gesticulaban, parecía un ventrilocuo. La profesora no tuvo más remedio que ir conmigo al cuarto de enfermería, en donde las enfermeras, igual de asustadas que yo, no supieron que hacer; así que simplemente llamaron a mis papás.

Mi mamá estaba en casa, incapacitada. Mi papá, trabajando. Conclusión, tuve que quedarme así y llegar a casa sola, no sé cómo, solo sé que lo hice. Igual, ya estaba acostumbrada a las risas y los murmullos, así que andar por ahí con la cara vuelta nada, abierta como juego de Saw, no implicaba más que un susto físico de no poder salir bien en las fotos que iba a tomarme aquella tarde.

Con el rostro lleno de lágrimas llegué a mi casa y me tiré a dormir. Dos horas después desperté y mi rostro había recuperado su movilidad y su estado normal. Así que sí, fue un ataque de ansiedad. Aquél fin de semana pude tomar las fotos y todo salió bien. El arte me salvó, me salvó para no morir.

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